El tesoro más preciado de la Sierra

Hasta los rincones más intrincados de la Sierra Maestra llegan los beneficios de la salud cubana, enalteciendo la obra inmensa de la Revolución

GRANMA.—Por un camino empinado y estrecho, estrechísimo, con capacidad apenas para un Jeep WAZ, llegamos a la comunidad de Colón, perteneciente al Plan Tur­quino granmense y situada en el mismo corazón de la Sierra Maestra.

Cuentan que por esas empinadas montañas, con laderas en extremo peligrosas, an­duvieron los rebeldes haciendo la Revolución. Pero hoy es otro el ejército que las desanda, uno de batas blancas que lleva los beneficios de la salud hasta las zonas más intrincadas. Por eso se luchó antes allí. Y se murió. Justo donde ahora se protege la vida.

Alrededor de 60 kilómetros separan a este asentamiento de Guisa, la cabecera municipal. Junto a Colón, otros cuatro poblados con­forman el Consejo Popular Demarcación Los Números, que agrupa cerca de 1 030 habitantes.

Para Ronel Riquenes, quien lleva 23 años como presidente del Consejo, “los cinco equipos básicos de salud diseminados por la zona constituyen el tesoro más preciado de la Sierra”.

EL MÉDICO DE COLÓN
Osmani Elías Pérez, el médico de la familia de Colón, también proviene de una co­munidad montañosa de Guisa. Pero es en la más distante del municipio donde, a petición suya, cumple el servicio social desde septiembre último.

“Yo me crié en un poblado de difícil acceso y conozco bien las características de las per­sonas que viven en estos lugares, y las dificultades para lograr la estabilidad del personal de salud”, dice, a la vez que reconoce que estas fueron las razones principales por las que decidió laborar en Colón.

Admite que otro factor de peso en su decisión fue la calidad humana de las 111 personas que integran la comunidad. “Se trata de una población pequeña, pero muy agradecida”.

Para salir de Colón, cuando le corresponde el pase, luego de permanecer 24 días en el asentamiento, debe caminar 17 kilómetros hasta el poblado de Punta de Lanza, porque solo hasta allí llega, tres veces a la semana, un camión particular de transporte de pasajeros. Para re­gresar, Osmani hace el mismo recorrido.

No obstante, le parece que esa es una buena experiencia para empezar: “Uno estudia seis años en la Universidad, hace prácticas durante la carrera, pero esta es la oportunidad de enfrentar solos cualquier circunstancia, este es el primer choque con la comunidad. Antes podías preguntarle al profe, aquí las decisiones las tenemos que tomar solos. Y tienen que ser buenas decisiones”.

No perdamos de vista, señala, que el médico es un líder de la comunidad. Y ese liderazgo hay que aprovecharlo para incidir, me­diante charlas educativas, en la conducta de los pacientes, motivándolos a adoptar estilos y hábitos de vida más saludables.

Comenta que hace apenas una semana tuvo que remitir a una lactante de cuatro me­­­ses de nacida con una enfermedad diarreica aguda, pues la madre le había comenzado a introducir de manera inadecuada los alimentos. “La pequeña ya presentaba tendencia a la deshidratación y con un niño nunca se sabe. Hay que andar muy rápido, teniendo en cuenta la distancia. La bebé aún está hospitalizada”.

Según Osmani, el consultorio tiene lo ne­cesario para estabilizar a un paciente, porque es notable la distancia que lo separa de la institución de salud más cercana. Y cuando hay alguna emergencia se comunica de in­mediato por teléfono, de modo que pueda activarse el Servicio Integrado de Urgencias Médicas. Antes, explica, se dan los primeros auxilios y se compensa a la persona.

En estos casos, y siempre, la ayuda del personal de enfermería es vital, subraya. “En este consultorio laboran una enfermera y un enfermero. La relación entre el equipo es muy buena y la comunidad nos acogió a todos con mucho cariño. Ya uno empieza a sentir el lugar más cálido”.

“Yo siempre quise ser médico. Ese fue el proyecto de vida que me tracé”, sentencia. Después que termine el servicio social, Os­mani pretende seguir superándose. “Pero estoy convencido de que estaré donde sea necesario, aquí o en cualquier otro lugar”.

PÁGINAS DE AMOR

Lázaro Rodríguez es tunero y trabajó du­rante dos años y medio en la capital, apoyando allí el servicio de enfermería. A Guisa, sin embargo, lo trajo, literalmente, el amor.

Durante su estancia en La Habana, conoció a Hilda Rosa García, la enfermera del con­sultorio de Colón. Para ambos, esta es una experiencia extraordinaria. “Nunca an­tes había estado en el monte, ni siquiera sé montar un mulo” reconoce la muchacha que hace apenas un mes llegó a Colón.
A juicio de Lázaro, la labor en la comunidad te fortalece. “Cuando el médico sale de pase, los enfermeros tenemos que asumir su responsabilidad y eso te obliga a prepararte mejor”.

Probablemente sea el cariño que emana de la pareja y la simbiosis exacta con Osmani, el doctor, lo que hace sentir a los pobladores tan a gusto. Al menos eso nos sugirió José Luis Suárez, jefe de la Brigada Forestal, quien da gracias a la Revolución por su noble em­peño de llevar la salud a los hombres y mujeres de las montañas.

Baste decir que de los 60 consultorios del municipio de Guisa, aproximadamente el 80 % pertenece al Plan Turquino.

RETAGUARDIA CUBIERTA

Desde pequeña estaba adaptada a subir lomas y caminar largas distancias. Ella creció en Colón. Por eso, a la rehabilitadora Yunis­leydis Labaut, el trabajo en la sierra no le pa­rece tan complejo.

Cada semana atiende alrededor de 15 personas, aquejadas de contusiones u otras mo­lestias musculares, aunque predominan las hi­pertensas y asmáticas. Tengamos en cuenta que se trata de una población eminentemente campesina, dedicada a la cosecha del café y frutos menores, así como a la actividad forestal.

Pero Yunisleydis ha tenido que enfrentar situaciones que van más allá de la rehabilitación. A Roxana, una pequeñita de la comunidad, casi la arrancó de la muerte.

Fue hace dos años aproximadamente. Re­cuerda que el médico estaba en el municipio resolviendo algunos problemas de trabajo y en aquel momento no tenían enfermera. La niña llegó con un fuerte ataque de asma que poco a poco se fue haciendo más grave. En aquel momento tampoco tenían teléfono y hubo que caminar 18 kilómetros para mandar a buscar la ambulancia.

Durante ese tiempo la niña hizo tres paros, y con masajes, golpecitos en la espalda y respiración boca a boca, logró mantenerla con vida hasta que llegó la ambulancia.

Hoy Roxana corretea feliz por las montañas de Colón y hasta fue de los niños que nos llenaron de flores cuando llegamos y se ponían en fila para darnos un besito.

Sin embargo, Gudelio, el padre de la pequeña, todavía no puede hablar de ese momento sin ponerse nervioso y no le cabe tanto agradecimiento: a la rehabilitadora, al sistema sanitario y sobre todo, a quienes hacen posible que en las entrañas de la sierra la salud cubana siga enarbolando las banderas de la vida.

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